¿Cómo ser Santo o Santa hoy?
¿Cómo ser Santo o Santa hoy?
Reflexión de Academia JPJarry
Después de tanto recorrido -la tierra, la semilla, el cultivo, la sed que es tormento santo, el juicio que vigila- conviene aterrizar la pregunta en su forma más directa: no “qué es” la santidad, sino “cómo” se vive, aquí, en este siglo concreto, con sus particulares tentaciones y posibilidades.
Empezar por donde se está, no por donde se querría estar
El primer paso, casi siempre, es el más difícil de aceptar: la santidad no empieza cuando las condiciones sean ideales -cuando haya más tiempo, menos estrés, un trabajo distinto, una vida ordenada- sino exactamente en medio del desorden actual. El Cura de Ars no esperó una parroquia mejor; santa Teresa de Lisieux no esperó una vocación más visible que la de un convento de clausura. La pregunta “¿cómo ser santo hoy?” ya contiene, en su segunda palabra, la respuesta: hoy, con lo que hoy trae - no en un “algún día” hipotético donde todo será más fácil.
Las tentaciones específicas del santo de hoy
Cada época tiene sus propios espinos, y vale la pena nombrar los de ahora, sin nostalgia de tiempos pasados que tampoco fueron más fáciles:
La dispersión constante. Nunca antes fue tan difícil sostener la atención en una sola cosa el tiempo suficiente para que eche raíz. El “camino endurecido” de la parábola tiene hoy un nombre muy concreto: la notificación, el scroll infinito, la atención fragmentada en cien direcciones a la vez. Cultivar la tierra del corazón, hoy, empieza casi siempre por algo tan simple como sostener veinte minutos de silencio sin tomar el teléfono.
La comparación permanente. Las redes muestran, constantemente, vidas ajenas editadas para parecer plenas - y eso alimenta una sed que no es la “sed de Dios” de la que hablábamos, sino su falsificación: sed de reconocimiento, de aprobación, de una imagen de sí mismo. Discernir entre ambas sedes es, quizás, una de las tareas espirituales más urgentes de hoy.
La sustitución de la comunidad real por la conexión digital. Recordemos que la virtud “se vierte del corazón de la madre al corazón de los hijos” - se transmite por cercanía real, por presencia encarnada. Una relación mediada solo por pantallas, por afectuosa que parezca, tiene dificultad para transmitir esa connaturalidad silenciosa que forma verdaderamente a una persona.
Lo que no cambia
Y sin embargo, en medio de estas tentaciones nuevas, lo esencial del camino hacia la santidad sigue siendo exactamente lo que hemos ido trazando en toda esta conversación - porque el Espíritu que vivifica el alma no ha cambiado, ni tampoco la estructura profunda del corazón humano:
Mirar y escuchar - salir de uno mismo, hoy quizás más urgente que nunca, en un tiempo que empuja constantemente hacia adentro, hacia el propio perfil, la propia opinión, la propia imagen.
Perder el tiempo que se vuelve eternidad - hoy, cuando cada minuto parece exigir rendimiento, detenerse sin producir nada medible es casi un acto de resistencia espiritual.
Manos abiertas, no cerradas - practicar la pobreza de espíritu en un mundo que empuja constantemente a acumular, a asegurar, a controlar cada variable de la propia vida.
El pequeño resto, actuando en lo oculto - no hace falta ser influyente, tener plataforma, ser conocido, para ser ese “pequeño resto” por el que Dios sostiene algo mucho más grande que uno mismo. De hecho, quizás hoy más que nunca, la santidad oculta -la que no busca visibilidad- es la más contracultural de todas.

Una santidad hecha de decisiones diminutas y repetidas
Si tuviéramos que resumir cómo ser santo hoy en una sola imagen, sería esta: no una decisión grande tomada una vez, sino cientos de decisiones diminutas, tomadas cada día, en la misma dirección - responder con paciencia en vez de con irritación; hacer la pausa antes de reaccionar; ofrecer la atención completa a quien habla, en vez de la mitad de ella; agradecer en silencio en lugar de quejarse; volver a levantarse, sin dramatismo, después de cada caída.
Ninguna de estas decisiones, aislada, parece “santidad”. Pero es exactamente así como creció el Cura de Ars, y así crece cualquier alma hoy: no por un salto heroico, sino por la fidelidad terca y silenciosa a lo pequeño, sostenida año tras año, hasta que ese hábito diminuto se convierte -sin que casi se note el momento exacto- en una vida transparente a Dios.
P.D: Recuerdo que un formador en el seminario mayor me dijo que era
terco y tozudo.
“La santidad no es la perfección de quien nunca cae, sino la perseverancia de quien, sostenido por el Espíritu, siempre vuelve a levantarse.” En Academia JPJarry podemos llegar a ser Santos y Santas.

